viernes, 27 de abril de 2012

Entrevista al Negro Dolina

Descubrimos el talento del Negro Dolina a finales de los 70, leyendo sus crónicas del Ángel Gris, en la mítica revista Humor. Lo escuchamos casi desde su primer programa radial nocturno, "Demasiado tarde para lágrimas", allá por 1985, crecimos con él, leímos sus libros, lo seguimos escuchando en todas las radios por las que pasó. Por eso, por sentirlo un amigo de toda la vida, no pensamos que esto que siga sea un reportaje. Tomémoslo como lo que fue; una charla informal, café mediante, un rato largo antes de empezar "La venganza será terrible", que desde este año va por Del Plata. Acá va un segmento de esa charla, hecha desde la admiración, en donde nos contó sobre su tarea de escritor, su relación con el humor, sus compañeros de radio, los reconocimientos que le hicieron, de su nuevo libro y de algunas cositas más... 

Sobre el oficio de humorista le preguntamos:

¿El humor en vos apareció cuando comenzaste a trabajar en revistas como Satiricón, o Humor, o ya venía desde antes?

Venía desde antes. Ya en el colegio escribía cosas humorísticas. E incluso antes de trabajar en alguna de esas revistas, unos tipos que editaban unos libros que no los leía nadie, me pedía algún cuento que yo escribía y me parecía que eran graciosos. Pero, después de todo, para empezar conviene ser humorista.El humor puede disimular cierta ingenuidad intelectual. Uno puede ser perdonado más rápidamente

¿Pensás que para hacer humor hay que tener cierta predisposición natural? ¿O se puede hacer con solo aprender los mecanismos para llegar a un chiste, a un remate?

Hay que tener las dos cosas. Hay un mecanismo que hay que conocer. Pero también hay tipos que no tienen gracia. El humor es mucho más sencillo de lo que parece. Schopenahuer decía que el humor es poner una cosa en el lugar equivocado. No es muy relevante el humor. Es un recurso. Uno más. Por eso digo que, decir que uno es humorista, resulta muy estrecho. Un tipo que está todo el tiempo haciendo chistes es un poco desagradable. En cambio uno encuentra momentos de humor en los grandes artistas y los agradece mucho.

Y sobre literatura le preguntamos esto:

Rodolfo Fogwil decía que él tenía una voz, un ritmo en la cabeza, que le dictaba cosas y lo obligaba a escribir, y que de algún modo, esa voz había sido aceptada por cierta cantidad de público que gustaba de sus libros. Pero que podía suceder lo contrario ¿Vos crees que es así? 

Sí. Yo lo describiría exactamente así. Te obliga. Escribir no es lindo. No proporciona placer. Tocar el piano sí. Porque vos vas escuchando. Enseguida tus ocurrencias pueden halagar tus sentidos. Claro, tiene sus momentos de dificultad pero se ven los progresos. Pero escribir es una cosa que parece imposible de hacer. Un tipo empieza a escribir una novela que calcula que va a tener unas quinientas páginas, y en la primera semana escribió solo tres páginas, y enseguida dice; “esto es un trabajo que no se puede hacer nunca”. Y además uno escribe en medio de un continuo arrepentimiento de lo que ha escrito. Dice; “no, esto no está bien, voy a hacerlo de nuevo”.

Y esto nos dijo de su nuevo libro, "Cartas marcadas":

Es una novela extensa que hasta ahora se llama “Cartas marcadas”. Es una novela llena de entre dichos. Un poco alucinada. Donde no es posible saber lo que es cierto y lo que no. Hay una serie de situaciones que dificultan la percepción. Empezando por una niebla que aparece en el barrio donde la acción transcurre. Y siguiendo por unos conspiradores que en realidad conspiran contra la novela misma: arrancan capítulos. Los falsifican. Hacen tachaduras. Ponen en tela de juicio todo lo que está pasando.

Esto es solo un extracto de la entrevista. Se puede leer mucho más en la revista Zona Liberada.






domingo, 11 de marzo de 2012

Algunas notas

Nota aparecida en la agenda cultural del diario La Razón... (Leer aquí)

Nota en el programa radial No Quiero Ser Normal... (Escuchar aquí)

Presentación de Una Galera y un Libro para Fernando Salvatierra... (Ver video aquí)


miércoles, 31 de agosto de 2011

Un suceso bochornoso (Cuento)

El tano llegó al kiosco y los pibes estaban ahí. Lo consoló comprobar que estaban.

- Que cara, tano ¿Qué te pasó? ¿Descubriste que el Tuta se coje a tu vieja?

Tuta se rió pero no dijo nada.

- No me jodas, negro. Que no estoy de humor.

- Pero ¿Qué pasó? ¿Algo grave?

Se preocupó el negro. No le gustó nada la cara del tano.

- No… Bueno, sí. Pero no importa.

- ¿Cómo qué no importa, pelotudo? No hagás eso que parecés mi jermu. Pone cara de culo y dice que no le pasa nada. Le tengo que sacar la información jugando al verdadero o falso.

- Al verdadero o falso.

Apoyó Tuta. Que se acercaba al mostrador y le pedía al Goya un sándwich de milanesa.

- Ya te lo caliento.

Le dijo el Goya.

- Lo que pasa es que me crucé a la rubia. Claudia…

Empezó su relato el tano, mientras se sentaba en un cajón de Quilmes vacío.

- ¿Y?

- Que me la cruce. Vos sabés que hace meses que me la quiero encarar.

- Pará- interrumpió el negro-, ¿qué rubia?

- La rubia. La flaca alta que pasea el perro.

- ¿La del Chihuahua?

- La del Chihuahua

Aclaró el tano. Con pesar, como si hablase de la reciente muerte de un familiar cercano.

- ¿Y qué pasó?

Preguntó el negro.

- Nada…

- ¿Cómo nada, pelotudo? No empecés que te cago a trompadas.

- No. Nada. Que la veo venir… yo estaba en la terraza. Tomando un poquito de aire. Mirando para abajo, viste. Me sentía un poquito mal de la panza.

- ¿Ahora?

- Recién. Hará dos horas… Bueno. La veo venir. Por la calle de casa. Digo, ésta se va para la plaza. Venía con el perro ¿viste?

- Y la encaraste.

- La encaré. Pero no ahí… Pará. Agarro al Pitufo…

- ¡No me digas que el Pitufo se cogió al chihuahua!

Lo interrumpió el negro.

- No gil. El Pitufo es un santo. De la calle pero bueno. Es un caballero…

- Y bueno… Pero ¿qué pasó?

- Lo agarro al Pitufo… ¡Vamos para la calle le digo! Empezó a mover la colita. Contento.

- ¡No me digas que al Pitufo le pasó algo!

Volvió a interrumpir el negro.

- No. No. Que la boca se te haga a un lado.

- Ah, me quedo más tranquilo.

- No. Tranquilo… Pitufo está bien… Bueno. Lo agarro al Pitufo. Vamos a la calle le digo. Salimos. Encaramos para la plaza…

En eso Tuta salió del kiosco con el sándwich de milanesa en la mano.

- No me digas que le pasó algo al Pitufo.

Dijo asustado. Impresionado.

- ¡Callate la boca!

Le dijo el negro.

- No, Tuta. El Pitufo está bien.

- ¡Ah!

Se tranquilizó el Tuta. Dando un bocado increíble a la milanesa que chorreaba mayonesa y salsa golf por los costados.

- Bueno. Sigo- dijo el tano. Y siguió-: La veo venir…

- Es un minón esa.

Dijo el Tuta.

- Un minón- aclaró el tano-. Tremenda. Viste lo que es; alta, buen lomo...

- Flaquita pero armada.

- Sí. otro nivel. De guita. Bien alimentada.

- Una cheta de Belgrano pero de este barrio.

- Buena mina- aclaró el tano-. Parece amarga pero no lo es. De buena familia. De guita pero humilde. No se la cree.

- Eso es impagable tano.

- Impagable… Un minón, negro. Un minón… Bueno. Salgo con el Pitufo. Me mando para la plaza y la veo. Ahí estaba. El pelo rubio le brillaba al sol. Parecía una modelo.

- ¿No es modelo esa mina?

Preguntó Tuta.

- No. La hubiéramos visto en la tele. O en alguna revista.

Aclaró el negro.

- Por ahí es modelo pero no sale en la tele… ¿Por qué tiene que salir en la tele?

- Porque las modelos salen en la tele, Tuta.

- ¡Por ahí ésta no!

- Bueno, che. No importa.

Intervino el tano, poniendo paños fríos.

- Es que no todas las modelos son famosas.

- Ya lo sé, Tuta. Hay modelos que incluso no están buenas.

- Eso es verdad. No todas las modelos están buenas.

Admitió el negro. Mientras que con un gesto le pedía un pedazo de milanesa a Tuta. Tuta, por supuesto, se lo dio.

- Bueno. Sigo: Me voy a la Plaza y la veo. Hermosa hermano. Hermosa.

- Un minón.

- Un minón.

- ¿Y cómo te encarás un minón?

- Con guita.

Dijo el negro.

- No negro. Con humor- respondió el tano-. Con humor. Así que ahí estaba yo. Digo. No me voy a acercar yo solo. Para eso está el Pitufo.

- ¡Ahí va, papá!

Se entusiasmó el negro.

- Lo mando al Pitufo que se acerque a olerle el culo al Chihuahua y me acerco yo.

- ¡Vamos Pitufo carajo!

- Podés creer que el hijo de puta no se acercaba. Olía los arbustos. Meaba como nunca. Digo, perro de mierda, hoy no comés ni las sobras.

- Que cagón el Pitufo.

- No es cagón. Estaba en la suya.

- Eso puede ser.

- Así que me digo; “¿Sos hombre o no sos hombre? Encará con lo que tenés, hermano”. Y ahí me mando. Creativo. Ingenioso. Aprovechando lo poco que tengo. Construyo desde la nada. Le digo; “¿vos sabés que tengo el perro más antisocial del barrio?”

- ¿Así, de una?

- De una.

- ¿Y la mina qué te dijo?

- Se cagó de risa. Y yo aproveché la risa para meter el segundo golpe. El remate: “Te juro- le digo- hace diez minutos que le estoy diciendo, Pitufo, acercate al Chihuahua, acercate al Chihuahua”.

- ¡Bien ahí! ¡Un derechazo a la mandibula!

- Monzón, papá. Monzón.

- Gran frase. Histórica.

- De las mejores que se me ocurrió, Tuta. De las mejores.

El Tuta ya se había sentado en un banquito, frente al tano.

- Es que después de una frase así, si la mina sigue hablando, es porque quiere algo. Sino, te corta el mambo de una.

- Por ahí se rió por cortesía, Tano.

- No, señor, una mina de ese pedigrí si te tiene que cortar menos diez te corta. Sabe con lo que cuenta. Sabe que vale.

- Eso es verdad, negro. Tuta tiene razón.

- No coincido. Ésta es buena mina. No es una cheta de Belgrano. Una cheta sí te corta menos diez. Ésta es más nosotros. Más de barrio.

- No sé, negro. No sé. Es un minón y lo sabe.

- Bueno, no importa. Seguí contando.

Pidió el negro.

- ¿Querés milanga?

Le ofreció Tuta.

- No Tuta. Justo ahora no. Después de esto…

Ni Tuta ni el negro entendieron el por qué del rechazo del tano. Quien aun no se animó a confesar nada. Es que, ciertamente, lo que le había pasado era algo difícil de confesar.

- Sigo- anunció el tano-: La mina se cagó de risa. Y como decís vos, Tuta, si no me sacó cagando es porque picó.

- Picó.

- Nos ponemos a charlar: Que de dónde sos. Que vivo acá a la vuelta. Que yo te tengo visto. Que esto, que el otro. Que qué hacés… Me contesta, y ahí nomás arranco: “¿Vamos a tomar algo?”.

- ¿Ahora?... Digo ¿Ahí, en ese momento?

Se sorprendió el negro.

- Si, ahí. La mina se sorprendió como vos. “¿Ahora?” me dice. “Sí, no hay que dejar pasar las oportunidades”.

- ¡Otro derechazo! ¡Afilado estabas! ¡Pum! ¡Pam! Tres jugadas y gol.

El negro, entusiasmado, pasó de las analogías boxísticas, a las futbolísticas. Las más útiles en la vida.

- Un golazo. Porque la mina la pensó un rato… Bah, un rato. Unos segundos. Pero para mí fue un siglo. Y levanta la cabeza y me dice: “Bueno”.

- ¿Bueno?

Se desilusionó el negro.

- Sí. “Bueno”.

Aclaró el tano. Imitando el tono que usó la rubia.

- ¿No te dijo “Sí”?

- No, dijo “Bueno”.

- No es lo mismo. El “sí” es más convencido. El “Bueno” es “Vamos a ver que pasa”.

- ¡No hinchés las pelotas, negro!

- Lo paró en seco el tano.

- No hincho las pelotas. Opino, hermano.

- Pero si la mina accede a ir a tomar algo, da lo mismo el “Sí” o el “Bueno”.

- ¡No da lo mismo!

- ¡Da lo mismo!

Se impuso Tuta.

- Da lo mismo, negro. La mina accedió. “¿A dónde vamos?” me dice.

- ¡No da lo mismo!

- Da lo mismo.

- Bueh.

Se bufó el negro.

- “¿A dónde vamos?” me dice.

El tano repitió la frase.

- ¡A un telo!

- ¡A coger!

Dijeron casi al unísono el negro y Tuta. El tano se rió.

- No. Ojala. Arrancamos para el bar de Constituyentes. El que está en la esquina de Los Incas.

- Lindo lugar.

- Humilde, negro. Pero cálido.

- Lindo lugar.

- Y bueno. Charla va, charla viene. Nos sentamos. Ella se pidió una Coca. Yo no me iba a pedir una cerveza. No quedaba bien a esa hora. Además me sentía mal.

- ¿Y por qué no pediste un te de hierbas?

Acotó Tuta. De cuyas manos, el sándwich había desaparecido como por arte de de magia.

- No podés pedir té de hierbas en una primera cita.

Afirmó el negro.

- ¿Por qué? Si te sentís mal.

- Es de putos, tano. Es de putos.

- ¡Uhh, sos un cerrado, negro! ¡Son un cuadrado!

Se calentó Tuta.

- ¡Voy con la posta, Tuta! ¡Yo no vendo humo!

- ¡Sos un adoquín! ¡Vos te la debés comer, por eso tanto prejuicio!

- ¡Bueno, no importa viejo! ¡Escuchen que sigo!- Ambos se callaron-: Me pido un café.

- Lo peor para el estómago.

Aportó Tuta. Como si fuese un médico columnista de un programa de radio.

- ¡Como sabés de tesitos vos, eh!

Le gastó el negro. Tuta reconoció que con esa frase, su amigo le bajó las cartas con una “flor” rotunda y poderosa. Y por eso no dijo nada.

- Y bueno. Seguimos charlando- prosiguió el tano-, profundizamos. Le dije que le iba a prestar un libro que me dijo que hacía rato quería leer.

- La del libro funciona siempre.

- Y, hay que mostrar un poco de todo.

- ¡Exacto!

- Y bueno. En eso estaba, cuando de repente- el tano frenó su relato dos segundos, y pensó bien lo que iba a decir-… ¿Viste cuando un retorcijón mezclado con escalofrío te sube desde la panza por la espalda?

- Uhhh…

- El café.

Sentenció Tuta.

- El café. Y toda la mierda que comí anoche mirando a River.

- ¿Qué hiciste?

- Dije; “Ya para. Ya para”.

- ¿Y paró?

- Sí…

- Menos mal- lo interrumpió Tuta-. Porque en ese estado ya estás afuera.

- Claramente. No podés pensar con claridad.

- Estás entregado.

- Entregado… Seguimos charlando. Y a los dos minutos, de nuevo: Hiroshima, hermano ¡Pum! ¡Pam! Se me retorcían los intestinos como un trapo. “Voy al baño”, le digo. Y fui. Llego al baño. Cerrado.

- ¡No!

- ¡Jodeme!

- ¡Al de minas, de una!

- Eso pensé yo. Pero primero tenía que preguntar. Por ahí lo abrían: “Maestro ¿No se puede habilitar el baño?” “No, pibe”, me dice el mozo, “se tapó la cloaca”…

- ¡Uhhhh!

- Temblé, muchachos. Tem-blé.

Separó la palabra en sílabas, con parquedad, el tano.

- ¿Y el de mujeres?

El tano negó con la cabeza. En silencio. Suspirando.

- No me digas.

El tanto volvió a decir sin hablar: ahora afirmó con la cabeza. Pero manteniendo el gesto con la cara, y suspirando. De pronto, habló:

- Me cagué, muchachos. Me cagué encima.

Se hizo un silencio incrédulo. Sus amigos quedaron petrificados con una sonrisa ingenua en la boca.

- ¿Cómo que te cagaste?

- ¡Me cagué, boludo! ¡Se me escapó un pedo y solté de más!

- Es un chiste.

Afirmó más que preguntando el negro.

- No negro. Es verdad.

- ¿Ahí, en el lugar?

- Caminando. Mientras volvía a la mesa.

- ¿En la mesa?

- Casi.

- ¿Vos me estás cargando?

Tuta estaba atónito.

- No, negro. Se me escapó…

- Pero ¿Cómo?

- No sé. Estaba mal.

- ¡Pero no tenés dos años, tano!- El negro se puso más serio que nunca-. Yo no lo puedo creer.

- Yo tampoco, negro.

- ¿Y la mina?

Tuta seguía paralizado.

- Y la mina, ahí.

- ¿Pero escuchó algo?

- No lo sé.

- ¿Y qué hiciste?

- Nada. Me quedé ahí. Tampoco podía irme. Con tremenda mina.

- Le decías que te sentías mal.

Por fin, abrió la boca Tuta.

- No. Porque mirá si yo me iba y ella se quedaba sentada. Por ahí me miraba de atrás y notaba algo.

- Ah, o sea que fue grande la cosa.

- Grande. Líquida.

- ¡Que mala leche!

El negro pensó en decir “que mierda”, pero no le pareció correcto bromear.

- Y no me digas que te quedaste ahí.

- Y sí. Cerca del medio día. En cualquier momento la mina me decía que se tenía que ir a comer…

- O pedía algo de comer ahí.

- Bueno. Sí…

Aceptó el tano.

- ¡No me digas que pidió algo para comer!

- ¡No! ¡Gracias a Dios, no!

- ¿Y entonces?

- Peor.

- ¿Cómo peor?

- Claro. Antes de cagarme yo había empezado a apurar: Que me parcés muy linda. Que tus piernas. Que esto. Lo otro.

- ¿Y eso qué tiene de malo?

- Que la mina me dice: “Che, acá anda toda la gente del barrio ¿Por qué no seguimos charlando en otro lado?”

- ¿Y? ¡Esa era la tuya! Encarabas para tu casa. Te metías en el baño, y listo. Borrabas la evidencia.

- No, hermano. En un momento así sentís que el olor te persigue. Por más que sea un sentimiento exagerado.

- ¿Y?

- Además en mi casa está mi vieja.

- Uhhh ¿Y por qué no iban a la casa de la mina?

- Eso es lo que me dijo. “Si querés vamos a mi casa”, me dijo.

- ¿Y?

- Le dije que no.

- ¿Cómo que le dijiste que no?

- ¡Le dije que no!

- ¿Pero sos boludo vos?

- ¡No, negro! ¡Porque me cagué pero los retorcijones seguían! ¡No voy a ir a lo de la mina a usarle el baño!

- ¿Y la mina qué dijo?

- Nada ¿Qué va a decir?

- Le dije que tenía que esperar a alguien. Que tenía una reunión.

- Y arreglaron para otro día.

Afirmó sin saber Tuta, esperanzado en la consumación sexual de su amigo.

- No.

- ¿Cómo que no?

- No, Tuta. No arreglamos nada. Me dijo; “que lástima, estaba linda la charla”. Y se fue. “Me tengo que ir- dejó picando-. Acá hay mucha gente”.

- ¿Le pediste el teléfono?

- No.

- ¿Le diste el tuyo?

- No me dio tiempo.

- ¿Y ahora?

- Y ahora. Ahora voy a comer más sano. Y si la veo desde la terraza me mando con el perro.